Por Ahimsa Ishaya
¡Qué necesario es tener opiniones! Creo que los lirios de trucha moteados están satisfechos, erguidos a unas pocas pulgadas sobre la tierra.
Creo que la serenidad no es algo que simplemente se encuentre en el mundo, como un ciruelo que alza sus pétalos blancos (...) Estar atentos, ese es nuestro interminable y digno trabajo.
Si/no de Mary Oliver, de White Pine (Harcourt Brace, 1994)
Crecí rodeada de una tierra llena de piedras deslumbrantes, bruma y cavidades, musgo y arbustos tupidos.
Cuando visité el desierto de La Sierra de Ciudad Juárez, en México, me conmovió su absoluta nitidez indiscreta.
Unas pocas piedras y hoyos eran los únicos escondites visibles, y las flores que había eran diminutas en comparación con sus grandes espinas.
Parecía que las espinas habían nacido secas, en dirección al sol, rectas como la más perseverante de las columnas; no dejaban espacio a la duda.

La belleza clarividente y absolutamente deslumbrante del desierto me pareció un paisaje creado para podernos reconocer en nuestra esencia.
La consciencia, como el desierto, poéticamente hablando, no esconde nada al ojo que la ve: no hay lugar donde no alcance su luz.
Silencio Más Allá Del Ruido
La mente argumenta y especula acerca de todas las cosas que puede haber debajo de la tierra, de todo lo que sale de noche, de todo lo que los sentidos no alcanzan a ver.
Pero en sí misma la naturaleza, como la consciencia, está en silencio, se desenvuelve a pesar de lo que creamos, deseemos o busquemos.
Incluso el arrecife de coral más generoso y custodiado del mundo puede ser destruido por un volcán submarino sin ningún proceso de decisión lógico en cuanto a su impacto.
La naturaleza está en un estado constante de renacimiento, putrefacción, intercambio, muerte, redirección, y es absolutamente libre y sabia.

A pesar de que los humanos la estamos destruyendo, transformando, cuidando… A pesar de nuestros deseos, acciones u opiniones al respecto: existe.
Indomable, imparable, invisible y visiblemente conectada como un solo ser infinitamente interconectado.
Podría decir que, desde la pequeñez de la mente humana y su limitadísima percepción de la realidad, vivir como la naturaleza es un acto de gran valentía.
La naturaleza no interpreta, no juzga ni evalúa, no opina y tampoco desea, añora… Solo existe en un estado exuberante de unidad y flujo, caótico y ordenado, armónico y conflictivo.
Consciencia Que Trasciende Lo Que Hemos Aprendido
He tenido la suerte de viajar mucho a lo largo de mi vida y he jugado con dos cosas que siempre me han ayudado a ver desde dónde estaba experimentando la realidad: desde las opiniones de la mente o desde la consciencia ausente de palabras.
¿Si hubiera crecido en otro país, mi opinión sería la misma?
Seguramente no… Entonces cualquiera de mis opiniones es falsa en tanto que no es universal.
¿Si hubiera nacido en otro momento del tiempo, mi opinión sería la misma?
Seguramente no… Entonces cualquiera de mis opiniones es falsa en tanto que no es atemporal.

Una experiencia muy reveladora al respecto la tuve en Gambia.
Estuve un mes haciendo servicio en la Fundación Khalilu Jammeh, que apoya a varias comunidades y pueblos a nivel sanitario, educativo, cooperativo y ambiental.
Al llegar, en muchos momentos, la relación que tenían los adultos con los niños me parecía muy fría, desapegada e incluso violenta o dura. Me desagradaba, me resultaba lejano y me hacía sentir desubicada y sin referencias.
En esa tierra de fuego y estrellas no fue hasta después de unos días de observación y reconocimiento de ésas voces mentales que estaban interpretando y que generaban ésa experiencia de incomprensión y malestar que me dí cuenta de que la realidad era muy distinta.
Me encontraba ante varios humanos tan integralmente presentes que no hacían ninguna acción, gesto, palabra…para agradar, suavizar, entretener, controlar o adoctrinar a los pequeños.
Su presencia y su interacción con ellos era clara, directa, enfocada, dando instrucciones sin pedir ni permiso ni por favor, afectuosa sin querer obtener atención de los niños, sin tratarlos o verlos como pobrecitos, como víctimas de algo o como algo a moldear, convencer o ajustar.

Los niños, a su vez, vivían en un estado de capacidad, fuerza interna, participación completa y armoniosa con la comunidad y sus ritmos, en servicio y atención plena dentro de su vivencia inocente juguetona y exploradora propia de su edad.
No habían perdido su infancia, estaban siendo niños con una integridad interior y conciencia colectiva que no podía entender, por supuesto, porque ¡nunca la había visto!
Volviendo A La Inocencia
Cuánto me hubiera perdido si hubiera escuchado esas voces de la mente que solo filtra la realidad en función de las referencias culturales, emocionales o relacionales aprendidas, cuánto asombro y aprendizaje, cuánta humildad y sabiduría pude ver al ir más allá de ellas.
Darnos la oportunidad de ir más allá de nuestra voces que opinan es descubrirnos y descubrir un mundo lleno de tesoros que amplifican la belleza y la vastedad de la experiencia humana, divina y terrenal que se nos regala en ésta vida.
Ser este estado de consciencia de atención y apertura que se revela ahora, donde todos nos encontramos y todos somos un mismo ser, despierto y vivo.

¿Cómo queremos realmente vivir? ¿Como la naturaleza de la consciencia, siendo sabiduría manifestándose en todas las acciones de nuestra vida, o como humanos que desean, opinan, pierden, encuentran, separados y aislados de la misma naturaleza?
Considerar esta reflexión un pobre reflejo de la magnificencia de la naturaleza y la consciencia, si es que dos fueran, maestra de maestras, señal de señales, reflejo perfecto de la vida en su existir más autónomo, indescriptible y puro.







