por Haimavati Ishaya
Cuando escuché esta frase por primera vez, me pareció un misterio. Sólo más tarde, al practicar la Ascensión de los Ishayas, empecé a comprenderla, no como una idea, sino como una experiencia vivida.
Empecé a notar cambios sutiles pero profundos en mi vida. Situaciones que normalmente me habrían puesto ansiosa o nerviosa empezaron a parecerme diferentes. En lugar de prepararme para lo peor, descubrí que podía simplemente estar allí… e incluso disfrutar de lo que estaba pasando.

Recuerdo especialmente una cena de trabajo. Antes, este tipo de eventos desencadenaban en mí una avalancha de pensamientos críticos y de juicio, dirigidos principalmente hacia mí misma. Pero aquella noche, algo cambió. Pude ver con claridad que esos pensamientos no eran realmente míos. Y en ese momento de comprensión, me sentí libre para centrar mi atención en lo que realmente estaba sucediendo.
Escuché. Conecté. Disfruté de la velada.
Lo que normalmente me agotaba se convirtió en algo genuinamente agradable.
Cambiando el guion
Cambiando el guion Empecé a notar este cambio en todas partes: en mi trabajo, en mis amistades, en mis relaciones. A medida que la voz crítica se suavizaba y se desvanecía, mi disfrute de la vida aumentaba de forma natural. Al principio, parecía como si mi práctica de Ascensión hubiera cambiado el mundo que me rodeaba.
Pero con el tiempo, vi algo más profundo.

La vida no se volvió perfecta de repente. Seguía habiendo días en los que no encontraba las llaves, no cumplía con los plazos o me sentía abrumada por las noticias. Pero incluso entonces, algo esencial había cambiado: ya no había una reacción pesada.
Ni vergüenza. Ni culpa. Ni la sensación de que algo estuviera fundamentalmente mal.
Lo que he llegado a comprender es que tiene poco que ver con lo que está sucediendo en mi vida, y todo que ver con desde dónde estoy viviendo.
¿Desde dónde experimentas la vida?
Cada vez que utilizaba las técnicas de Ascensión —desde el primer momento— me llevaban de vuelta a un espacio silencioso y tranquilo dentro de mí. Un espacio que siempre está ahí. Al principio, esto solo ocurría en algunos momentos. Pero poco a poco, y sin esfuerzo, empezó a parecerme más natural… hasta que, con el tiempo, se convirtió en mi forma habitual de ser.
Este espacio de silencio y quietud está siempre disponible.
Cuanto más me permito descansar aquí, más paz, alegría y un tranquilo contentamiento surgen como efectos secundarios naturales. Me despierto con ganas de que empiece el día, no porque todo sea perfecto, sino porque me siento a gusto en él.

No se trata de un estado pasivo. No es indiferencia ni retraimiento.
Al contrario, me permite vivir la vida más plenamente. Desde este lugar, puedo ver las situaciones con mayor claridad y responder con calma y presencia. Puedo contribuir, en lugar de reaccionar.
Y en un mundo que a menudo se siente turbulento, esta puede ser una de las cosas más significativas que podemos ofrecer:
No solo mantener la calma en el ojo de la tormenta, sino ver la tormenta tal y como es en realidad.








